Después de obtener mi calificación de avión de mar en Florida, estaba pasando por un alto emocional. Todo estaba funcionando maravillosamente, y yo estaba listo para volar comercialmente hasta Chattanooga Tennessee, pasar una semana corta en Gospel Ministries International, terminar todo con el avión de Todd, y luego volar a Guyana.

Ese era el plan… Pero lo que se suponía sólo tardaría una semana se volvió en casi seis semanas.

Ahora he estado en la aviación misionera suficiente tiempo para saber que aun las estimaciones más conservadoras pueden estar muy lejos de base, pero nunca en mi más loca imaginación pude imaginarme lo que iba a pasar.

Sabía que sin Todd, su manto había caído sobre mí, y tomaría un empuje de hercules, para conseguir que la avioneta pasase por la puerta. No me di cuenta del tamaño de empujón que se requeriría.

Al principio de las conversaciones con los mecánicos, ellos proyectaron que podían terminarlo para el 1 de septiembre. Estaba complacido con este plan, porque encajaba perfectamente en mi horario. Podría volar el avión a Guyana alrededor del primero de septiembre y estar listo para abrir la Academia de la Misión de Paruima (PMA) justo a tiempo. Pero a medida que empezaba a surgir el mes de septiembre, pronto se hizo evidente que ese plazo no era realista.

Cuando llegué a Collegedale, una de mis primeras paradas fue salir al aeropuerto para ver qué pasaba con la avioneta.
Lo que encontré fue un hangar lleno de avionetas, y el mecánico líder tratando de trabajar en todos ellas, al mismo tiempo. Tenían un par de mecánicos voluntarios jubilados trabajando en la avioneta de Todd, pero sólo podían poner un par de horas cada día, porque el mecánico principal no podía empezar a trabajar en la avioneta hasta más tarde en la mañana y paraba de trabajar en ella a las 3:30 pm cada tarde.

Lo más alarmante fue la tarifa a la que nos estaban cobrando. Mientras teóricamente teníamos dos voluntarios a tiempo medio trabajando en este proyecto, el mecánico principal (que también es un inspector de aeronaves certificado), nos estaba cobrando precio completo por sus servicios. Aunque el hizo un trabajo excelente en el avión, los fondos adicionales en nuestra cuenta de mantenimiento se habían evaporado, y ahora estábamos enfrentándonos a un déficit.

También tenia un reto familiar personal enfrente de mi cara. Meses antes, Joy y yo habíamos hablado largamente sobre la mejor manera de coordinar nuestros viajes separados para reconectarnos en Guyana. Ambos estuvimos de acuerdo en que sería mejor esperarnos para comprar los boletos de avión de ella y nuestra niña, para así asegurar que yo llegaría primero. Pero como el avión de Todd experimentó más retrasos y retrocesos, era obvio que llegarían a Georgetown antes que yo.
Dos días antes de que Joy volara comercialmente a Georgetown, nuestros muy buenos amigos, que se suponía que iban a recogerla desde el aeropuerto, fueron robados a punta de pistola. Ahora mi familia estaba entrando a este ambiente menos que seguro, y yo estaba atrapado en Collegedale sin fin aparente a la vista!

La gota final vino cuando el mecánico principal nos anunció que iba de vacaciones familiares durante dos semanas y no podía hacer nada más en el avión hasta que volviera. Yo estaba pasmado. Calculé que a la velocidad que íbamos, nos llevaría de cinco a seis semanas más antes de que pudiéramos partir. Y quién sabía cuánto dinero más tendríamos que pagar para que la avioneta estuviera en condiciones de vuelo. Simplemente no podía esperar más.

¿Pero cómo podría decírselo al mecánico de una manera agradable sin herir sus sentimientos?

El día antes de que saliera de vacaciones, mientras estábamos moviendo nuestra avioneta al hangar de GMI. Intente abrir el tema suavemente, pero después de unos cuantos intentos fallidos finalmente le dije lo que quería decirle. “Lo siento, pero simplemente no podemos esperar hasta que vuelvas para terminar con esta avioneta. Tengo proyectos y personas que dependen de mí y del uso de esta avioneta, y no podemos esperar más. Voy a tener que conseguir mi propio mecánico”
Pude ver que no estaba muy contento de que tomásemos las cosas en nuestras propias manos, pero él nos entregó todos los libros de registro y partes adicionales para el avión.

Desesperado por otra solución llamé a un muy buen amigo y compañero piloto misionero, y le relate toda la historia. Steve Wilson actualmente trabaja como misionero, piloto, mecánico e inspector de aeronaves en Bolivia y nos ha ayudado en varias ocasiones. En el momento en que yo llame, Steve sólo por “casualidad” se encontraba a tan solo una hora y media de distancia en automóvil de Collegedale.

Originalmente planeaba conducir hasta Canadá con su familia para renovar el pasaporte Canadiense de su esposa, pero cuando se enteró de lo que estaba pasando, su familia dejó todo lo que estaban por hacer y en 24 horas Steve estaba en el hangar de GMI comenzando de nuevo la inspección anual.

Esa semana, Edwin Davidson (nuestro más reciente piloto misionero para Guyana), Steve Wilson, y yo registramos más de 60 horas de trabajo en la avioneta. Empezaríamos por la mañana y trabajaríamos hasta las 8:30 o 9 de la noche. Mientras que Steve hacia la inspección, Edwin y yo ordenamos el rompecabezas de diferentes paneles interiores, y finalmente conseguimos armar el interior de nuevo.

El gran momento llego una semana más tarde cuando llegó el momento de poner en marcha el motor. Con una oración, unos cuantos disparos de cebador, y el giro de la llave, el motor se encendió. Steve y yo observamos tensamente el medidor de presión de aceite mientras que el motor se calentaba. Diez segundos pasaron lentamente y no hubo nada. Alarmado por la falta de presión de aceite, estaba a punto de jalar la perilla de control roja, cuando de repente la presión del aceite subió… y subió… y subió…

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